Análisis de la Crisis en el Cáucaso Sur

La actual situación de confrontación bélica en Georgia y Osetia del Sur, vuelve a traer a la actualidad un conflicto en el cual se barajan aspiraciones independentistas.
Esta vez, se invierten los papeles y aquellos que legitimaban la independencia de Kosovo, ahora son partidarios de que Georgia resuelva sus conflictos internos, mientras los que entonces eran partidarios de la integración, ahora se ubican en la posición contraria. Este tipo de alternancias en la interpretación de la legitimidad internacional, según los intereses subyacentes, comienza a ser
demasiado habitual para que los argumentos de unos y otros sean creíbles.
Una vez más, la convivencia de los pueblos se ha visto alterada y rota por los intereses de las grandes potencias y los poderes económicos. La organización de los países mediante la estructura política de los Estados Nacionales, heredada del Siglo XX, se manifiesta nuevamente insuficiente e inadecuada para dar cabida a las variadas situaciones internas de las poblaciones.
Lejos de adecuarse a las necesidades de los pueblos, estas estructuras se manifiestan como instrumentos al servicio de los poderes transnacionales, para dividir y enfrentar poblaciones, en función de intereses que les son ajenos. Un mundo nuevo se está gestando, donde a las herencias históricas sin resolver se le suman los cambios, fruto de la movilidad demográfica y las nuevas aspiraciones identitarias en construcción todavía.
Todo el llamado orden internacional pierde credibilidad, cuando la formación y reconocimiento de nuevos estados independientes se establece de acuerdo a pulsos de poder entre facciones de superpotencias y alianzas estratégicas por el control de los recursos. Así se ha demostrado recientemente en el Cáucaso, en los Balcanes y en los intentos secesionistas de Latinoamérica, donde el juego entre fuerzas económicas y militares ha establecido o ha intentado establecer la legitimidad de nuevos Estados, por encima de los sentimientos de pertenencia o de identidad cultural de pueblos y etnias.
La crispación se impone por encima de los deseos de convivencia pacíficos y las oportunidades de construcción consensuada son derribadas por aquellos que aspiran al máximo control geoestratégico y que amenazan con llevar nuestro mundo a la catástrofe.
En el caso de Osetia del Sur, es un derecho de la población y es una responsabilidad de la comunidad internacional, que se les permita y se les facilite la oportunidad de construir su propia entidad nacional en acuerdo entre etnias de trayectoria confluyente y cuyo recorrido histórico en conjunto se estaba desarrollando por los cauces de la inter-relación y el consenso.
En cuanto a la dinámica de las grandes potencias, USA y Rusia han demostrado otra vez su desprecio por la legalidad y las reglas del juego internacionales, cuando se trata de asegurar sus intereses estratégicos en cuanto a control militar, acceso a los recursos energéticos y defensa de los intereses económicos de los grupos transnacionales que actúan detrás de los Estados.
En esta ocasión, es Rusia la que ha transgredido claramente los límites formales de las fronteras establecidas entre estados soberanos reconocidos. No ha hecho sino responder a la provocación de USA y la OTAN, que estaban detrás de la última ofensiva georgiana. La Unión Europea ha presentado un plan de paz aceptable para Moscú y que diera una salida al conflicto.
La presión de Washington no ha hecho avanzar más allá a la UE, demasiado cercana a Rusia geográficamente para aceptar involucrarse en una nueva escalada de plano de la confrontación bélica
 y demasiado dependiente energéticamente para llevar las tensiones diplomáticas a una situación insostenible.
El área geográfica sobre la que se está disputando, con todo y ser tan apetecible para los intereses yanquis por su gran valor estratégico y económico, es demasiado sensible como para que Europa no se mueva con pies de plomo.
Probablemente, por esta vez, no se vaya más allá en la implicación directa de las potencias que tienen suficiente capacidad para destruir varias veces nuestro planeta. Pero su irresponsabilidad queda nuevamente manifiesta, cuando no dejan de incrementar poco a poco los niveles de tensión acumulada en diferentes zonas del mundo. La búsqueda de la hegemonía y el control de los recursos, así como el beneficio inmediato de las transnacionales que animan sus movimientos y en función de sus intereses, no plantean en última instancia más que dos opciones: el control total de los recursos del mundo por una facción, o el desastre total que puede desencadenarse en alguno de los pulsos de poder parciales que se producen.
No es casualidad que pocos días antes Polonia haya aceptado alojar una base antibalística americana, hecho nuevamente denunciado por Rusia y que tampoco es independiente de las maniobras yanquis para instalar sus radares en la República Checa, la invitación a Ucrania para integrarse en la OTAN o los proyectos de bases norteamericanas en el Báltico.
No es de extrañar que militares rusos se declaren partidarios de utilizar armas nucleares contra sus antiguos aliados, o se filtren a la prensa proyectos de dotar con armamento atómico submarinos en el Báltico. USA y la OTAN están estrechando el cerco sobre su antiguo rival soviético y aproximándose al nuevo competidor chino.
Podría ser conveniente para los intereses americanos que hubiera una conflagración, nuclear o no, limitada a territorio europeo, con lo cual se barrían varios competidores a su hegemonía económica, hoy en entredicho. Por ello es fácil constatar que están elevando los niveles de tensión y llevando al límite las provocaciones que puedan producir detonaciones en zonas relativamente alejadas.
Ya no solamente son ilegítimas estas maniobras en que se están utilizando a otros pueblos y estados como agentes intermedios, expuestos directamente una destrucción más o menos parcial. Se trata de que la carga de tensiones repartidas por el globo aumenta de año en año y el riesgo que corren las poblaciones también. Toda la especie está en riesgo creciente de desastre, porque en cualquier momento puede haber una escalada fuera de control o un agente intermedio que fuerce más allá de un posible punto de retorno.
El único elemento disuasorio para hacer frente a este avance de las superpotencias es la integración de los pueblos y las naciones en regiones cohesionadas cuyo potencial sea comparable. Europa debería reaccionar de forma consciente, en lugar de abandonarse en el seno de la OTAN, como secuaz y posible carne de cañón de las iniciativas de USA y construir una verdadera Unión Europea capaz de plantarles cara militar y económicamente. Las divisiones internas y los planteamientos nacionalistas mezquinos deben ser superados, como se debe pasar por encima del anacrónico concepto del Estado nacional que impide la construcción de nuevas superestructuras más flexibles.
Los continentes de África y América del Sur deberían a su vez acelerar sus procesos de unificación para recuperar la ventaja histórica que hoy tienen perdida frente a los norteamericanos. Un mundo multipolar y equilibrado sería un buen punto de partida para una construcción común basada en el mutuo respeto y no en el abuso sistemático.
Carles Martín Vilanova